I concurso de relato breve poquetacosa.com. Mención especial del jurado.

MANOLITO EL GITANO.

Autor: Ramón González Reverter

Manolito el gitano, alias "el lagartija", tuvo la desgracia de nacer en la más absoluta de las miserias en cuna calé. Vivía en una triste chabola de las afueras de la ciudad, compartiendo habitación con sus dos hermanos mayores. Rafael, cuyo aliento hedía a alcohol durante el día y la mayor parte de la noche, y con Lucía, puta de profesión, cuyas ganancias en el ejercicio de tan dudoso oficio, se desvanecían en la compra de unas bolsitas de polvo blanco que se empeñaba en llamar "nieve" y que según ella la hacían volar, significado que escapaba de la joven mente de Manolito por mucho que se esforzara en comprender. Su padre era estibador del puerto y no llegaba a casa, si podía llamarse así a una docena de planchas herrumbrosas cubiertas por varias placas de uralita, hasta bien entrada la noche. Su pobre madre, cuando no vendía cigarrillos de contrabando o echaba la buenaventura en una concurrida estación de metro, se pasaba la vida trajinando entre perolas, sartenes y demás enseres de la casa.


Ser el menor de la familia le confería ciertos privilegios. Sus quehaceres cotidianos se limitaban a tener que ir en busca de agua a la fuente y dejarse caer sin falta cada viernes por una empresa de confección, cuyo encargado solía regalarles las piezas de tela defectuosas, que su madre transformaba en toda clase de prendas de vestir durante las veladas de invierno.


Los suyos le apodaban "el lagartija" porque acostumbraban a verle deambulando errante de un lado para otro o descansando al sol, sentado en un viejo descapotable abandonado, cuyas ruedas habían desaparecido hacía años revendidas en algún mercado y los antaño mullidos asientos convertidos en sillones o sofás de lujo de las cochambrosas viviendas de la periferia, porque la mayoría de chabolas sólo disponían de mugrientas sillas o simples cajas de madera para sentarse. Allí pasaba horas enteras soñando y mientras iban desfilando los días con monótona lentitud, él se entretenía en construir ilusiones y fantasías, aun a sabiendas que nunca se harían realidad. Por fortuna, la capacidad de soñar no discrimina entre pobres y ricos, y mientras permanecía allí, embelesado, con la mirada perdida en el cielo, era dueño de un fantástico mundo de ensueño, de un mundo privado y exclusivo, forjado por su propia imaginación como válvula de escape a la cruda realidad de la raza calé.


Como los demás rapazuelos del barrio calé, recorría las calles dando patadas a una lata vacía de Coca Cola, imitando a los astros del deporte rey que de tanto en tanto veía por la tele. A veces, junto a otros miembros de su pandilla, invadían las huertas vecinas para robar fruta o algunas hortalizas que dieran sabor al potaje del mediodía. Disfrutaba azuzando a los chuchos que husmeaban entre la basura con la vana esperanza de hincarle el diente a algo que valiera la pena. Lo cierto es que Manolito casi nunca estaba en casa. ¿El motivo? Un día pensando que obraba correctamente y convencido de hacerles un favor a sus hermanos, vació las botellas de licor que Rafael guardaba bajo su remendado jergón y esparció el contenido de varias bolsitas de "nieve" que encontró ocultas entre la ropa interior de Lucía. Aquello le valió una soberana paliza de cada uno, aunque le sirviera de escarmiento. Comprendió que no debía inmiscuirse en asuntos ajenos, sino que tenía que aprender a vivir su propia vida sin preocuparse de los demás.


El tiempo transcurría con lenta monotonía. Sin embargo, a principios de septiembre, el ayuntamiento siguiendo el plan de escolarización obligatoria del gobierno, abrió una escuela en el barrio, aunque en realidad se tratara de una vieja granja avícola reconvertida en cuatro aulas mediante frágiles tabiques y una capa de pintura. La noticia corrió como un reguero de pólvora. Todos los "primos", gitanos de su misma edad, estaban obligados a asistir. El patriarca calé así lo había ordenado y sus padres le aconsejaron que para labrarse un porvenir debía aprovechar la oportunidad que el destino le brindaba. Manolito no entendió el sermón, pero como acabaron advirtiéndole que le molerían a palos en caso de faltar a las clases, acudió con puntual obediencia a la cita escolar. Así empezó su contacto con la cultura.


El primer día, la profesora, una cuarentona de raza paya llamada Montserrat, distribuyó cuadernillos y varios libros entre los alumnos. A continuación ayudó a cada uno a escribir su nombre en la pizarra. Desde aquel preciso y maravilloso instante, se despertó la curiosidad de Manolito y en su interior nació un indescriptible entusiasmo por descifrar los extraños signos que la maestra dibujaba con los trozos de tiza y que conseguían fascinarle. Pronto demostró su enorme predisposición para el trabajo y una sorprendente facilidad para asimilar conocimientos. La maestra, asombrada por la capacidad intelectual del chico, insistía y complicaba sus lecciones, dándole faena extra para explotar sus posibilidades. Manolito se tomaba los ejercicios como un juego y a pesar de la creciente dificultad solía realizar los deberes con inaudita perfección y pulcritud. Aprendió a contar, a escribir los días y los meses, a distinguir colores, a clasificar objetos, a leer un mapa, a componer palabras sencillas primero y más complicadas después. Tardó casi una semana en saber la hora, pero sus esfuerzos valieron la pena puesto que en adelante llevaría con orgullo el reloj de dudosa procedencia que le regalara su hermano.


Y poco a poco dejó de ser un analfabeto y comprendió la gran importancia de la cultura en la sociedad actual. Le apasionaba descubrir cosas en los libros: aventuras, viajes, sentimientos... Le entusiasmaba analizar el contenido de un texto para captar el mensaje que el autor deseaba expresar... Con el correr de los meses, el invierno dejó paso a la primavera. Y entonces, Manolito se percató de la abnegación de la maestra, de la infinita paciencia demostrada a lo largo de todo el curso. Había soportado estoicamente las bromas de los desgreñados alumnos, los insultos de los jóvenes que consideraban la escuela como una lamentable pérdida de tiempo y las broncas de los remilgados padres, incapaces de comprender los principios de la educación. Se dio cuenta de que todo lo aprendido aquel año se lo debía al empeño que la profesora ponía en la enseñanza y en lo más hondo de su corazón sintió brotar la gratitud. Quizás en ese momento naciese la idea de probar que también los gitanos saben ser agradecidos. El 27 de abril, día de la Virgen de Montserrat y onomástica de la maestra, sería la fecha adecuada. Pero, ¿cómo agradecer sus sacrificios, sus desvelos, su ahínco en ocuparse de semejante pandilla de zarrapastrosos ladronzuelos, su esmero en inculcar la preciada cultura en unos andrajosos pillastres que nunca habían soñado con semejante oportunidad? No tenía nada que regalar. De haber poseído algo de valor, no hubiese dudado en ofrecerlo a aquella mujer que ni siquiera era joven o guapa, pero sí de una voluntad firme y de una constancia admirable.


A medida que transcurría el tiempo y se aproximaba el día señalado, sus hermosas facciones se ensombrecieron. La angustia y la desesperación comenzaron a hacer mella en su ánimo. Nunca se había sentido tan deprimido. Abatido y cabizbajo, caminaba sin rumbo fijo, sintiendo por primera vez en su vida vergüenza de su pobreza, la impotencia que le impedía demostrar la gratitud de su corazón. Notaba cómo la pena consumía su alma, mientras maldecía el desdén con el que el caprichoso destino había tratado a la raza calé. Era querer pero no poder, porque la sociedad mide a los ciudadanos por la cuenta bancaria que poseen y no por sus virtudes o por la nobleza de sus sentimientos. Jamás había sufrido una soledad tan intensa. Su sempiterna sonrisa se curvó en un rictus de amargura y su brillante mirada se empañaba a menudo con lágrimas que resbalaban por su moreno rostro. Vagaba sin cesar para olvidar el infortunio de la cruel realidad, la congoja que le afligía, tratando de buscar en vano la forma de manifestar su reconocimiento por una labor que tanto apreciaba.


Finalmente, una noche amodorrado en su cuchitril, halló la solución. Recordó que a veces Lucía volvía a casa llevando un ramito de flores que le había regalado algún fulano con impulsos románticos o con la infame intención de camelarla para llevársela a la cama gratis. Supuso que a la profesora le gustarían las flores. A la mayoría de mujeres les encantan. Una indescriptible emoción recorrió sus venas. Sabía dónde se encontraban varios invernaderos dedicados a la horticultura. ¡Conseguiría un hermoso ramo que haría las delicias de la maestra!


La tarde del 26 de abril la dedicó a dicho empeño. Tras un par de horas de caminata llegó hasta el emplazamiento de aquellos habitáculos de plástico donde, a pesar de las inclemencias del tiempo, crecía una amplia gama de flores que impregnaban el aire con su delicado perfume. Gladiolos, azucenas, dalias, claveles, margaritas, violetas, lirios,... Las variedades más selectas, producto de la atención y el cuidado de un anónimo campesino, se alineaban en los geométricos surcos de aquel paraíso vegetal. Eligió las rosas por sus vivos colores y aterciopelado tacto. Con una navaja fue cortando con mimo los tallos de los capullos más hermosos. Se pinchó un par de veces con las afiladas púas sin dejar escapar el menor quejido de dolor. Había reunido cerca de la docena de rosas cuando oyó los furiosos gritos, seguramente del dueño del invernadero. Sorprendido in fraganti, reaccionó con el temple de alguien acostumbrado a tales avatares. Tuvo una breve vacilación y emprendió la huida. Salió pitando pero aferrando el ramo en su mano derecha. Intuía la proximidad de su obstinado perseguidor por lo que tuvo que concentrar todas sus energías en la fuga. Saltó una valla y atravesó varios huertos. El tipo que le seguía debía ser joven y fuerte puesto que mantenía la veloz carrera sin muestras de cansancio. En mucho debía estimar sus preciosas flores para poner tanto empeño en la captura del autor de un hurto de tan poca monta. Pero él necesitaba las flores porque no tenía otra cosa que regalar a la maestra en el día de su santo y quería demostrar que el corazón gitano también sabe ser agradecido. De pronto llegó a una carretera. Empezó a cruzarla sin mirar. Y así pasó a mejor vida Manolito, alias "el lagartija", quien murió sin apenas darse cuenta, arrollado por un camión, por el noble afán de probar su afecto a la profesora en agradecimiento por una dedicación tan loable y primorosa. Y, mientras su vida se apagaba, en el postrer instante de agonía, su último pensamiento fue: "felicidades, señorita Montse".

 

TORMENTA INTERIOR.

Autor: Lourdes Aso Torralba.

Podrás sentirte defraudado si fallas
Pero te condenas si no lo intentas.
Ralph Waldo Emerson

 


Aquella discusión podía haber sido similar a cualquier otra pero sin duda el ruido de los truenos me hizo perder la paciencia. Me sentía desamparada y con Fernando más. Llevaba varios días presionándome para que le dijera si por fin dábamos la entrada del piso, si nos iríamos de vacaciones juntos, si... ¿Cómo demonios podía decirle que mis perspectivas de futuro apenas alcanzaban unos meses? ¿Y que lo que más necesitaba era coger el primer vuelo y perderme en Mozambique? Llevaba esa “espinita” clavada desde que las monjas nos habían hablado de las misiones. Y por el contrario de lo previsible, desde hacía un tiempo no sólo permanecía en mi memoria sino que tiraba de mí cada vez con más fuerza, hasta el punto de interferir en las decisiones cotidianas. Tenía que probarlo antes de que fuera demasiado tarde. Ante mis ojos se presentó la disyuntiva y la agarré con ambas manos para no dejarla escapar.


Tenía prisa. Ahora o nunca era lo único que rondaba por mi cabeza. Sabía que no entendería una decisión tan alocada. Además, lo de “cuidar negritos” él lo veía como quien quiere lavar la conciencia de sus pecados. Y quizá tuviese algo de razón.


Mi lugar de destino era un poblado en el desierto. Desde la capital me sentí incapaz de calcular a cuantos kilómetros me encontraba del mundo civilizado. Aquello suponía también el escondite perfecto para quien como yo deseaba rumiar la agonía en silencio.


El traqueteo del camión consiguió dejarme el trasero dolorido y el ánimo revuelto. Perdí la cuenta de los controles que pasamos. El guía que me acompañaba fue sobornando a los guardias con botellas de ginebra, después de vino y cuando se agotó la bebida me requisó las cuatro pertenencias que les hacían despertar los ojos de codicia y servir como llave para continuar con nuestro trayecto. No presté demasiada atención porque estaba segura de que jamás desandaría ese camino.


Cuando llegamos al dispensario me recibió una pareja de aragoneses. Pilar era maestra y se encargaba de enseñar a los niños y dirigir un taller de costura para las mujeres. Juan colaboraba en la supervisión de las obras de una presa que estaban construyendo más arriba para canalizar el agua hasta el poblado. Al ver mi mirada descompuesta trataron de tranquilizarme. Ellos ya habían pasado por lo mismo. Sabían que la soledad asaltaba justo cuando uno llegaba al final del destino. Aquella sensación me hizo descargar algunas lágrimas de rebeldía. También de impotencia. No era justo que tuviese que morir tan pronto.


Ellos debieron pensar que había escapado para poner en orden mi vida por dentro después de algún conflicto amoroso. Aseguraban que allí se curaba el alma de cualquier cosa, pero sobre todo del mal de amores. Quise creerles con todas mis fuerzas porque de verdad lo necesitaba. Sonreían derramando tanta felicidad que sólo deseaba que a mí me pasara lo mismo. Saberlos allí, dispuestos a compartirlo todo conmigo me sosegó mucho.


Cuando me encerré en lo que sería mi habitación me pregunté por primera vez que se me había perdido a mí en el desierto. No obstante, estaba allí para averiguarlo.


El mobiliario consistía en una mesa de mimbre, una silla y una cama. Como único elemento decorativo había una cruz de flores que me habían hecho los niños. Supuse que no necesitaría más.


Apenas me quedaba tiempo para pensar. Mi jornada de trabajo empezaba a las seis de la mañana y es que allí se hacía de día muy temprano. Cuando me levantaba ya encontraba en la puerta a muchas madres que aún habían madrugado más que yo. Venían preocupadas porque los niños traían unas décimas de fiebre, diarrea o simplemente estaban tan desnutridos que se acercaban en busca de una ración de leche.


Mientras me ocupaba de sus cosas me olvidaba de mi propia enfermedad. Pensaba que en la escuela de enfermería no me habían preparado para aquel horror. Me sentía como la más auténtica de las novatas y a cada segundo estaba más convencida de que no iba a poder con todo aquello. Además, acostumbrada a disponer de material de sobra, casi salí corriendo al ver la escasez de aquel sitio. Sin embargo, desde dentro algo me decía que había que sobreponerse a la adversidad. El “no sé como arreglar esto” lo hice desaparecer de mi cabeza. Había que hacerlo y punto. Allí uno se las ingeniaba para hacer milagros y multiplicar como nadie las cuatro cosas que existían. Acababa de poner una vacuna o de curar una herida y al segundo siguiente había otro niño agarrado a la ropa diciendo algo en un dialecto incomprensible para mí. Supuse que podía ser suahili, wollof o mandinga aunque a mí me sonaba todo a música similar. Acabé hablando sola, me quejaba a mis anchas, pedía porque los niños pudieran tener una oportunidad. La mortalidad era tan alta que lo dudaba.
También me acordaba de Fernando, de nuestra última pelea. Y escuchando a aquellas mujeres sin entenderlas pensaba que eso había pasado entre nosotros. Claro, que la culpa había sido mía. No había reunido valor suficiente para despedirme de él. Le había prometido escribirle pero me excusaba diciendo que necesitaba descansar. Y ordenar mis ideas. También aceptar la realidad.
El calor resultaba insoportable. Pronto descubrí que ninguna de las ropas que me había llevado servían de mucho. Excepto un pantalón y un jersey, el resto las di a las mujeres para que las utilizaran con Pilar en el taller. Y en cuanto me vestí con una de aquellas túnicas de tejido suave y un pañuelo sobre la cabeza me sentí como renovada por dentro. Supuse que viéndome así nadie habría dicho que era madrileña.


Recordaba los paseos por la Fuente del Retiro. Soñar con un paisaje conocido me producía dolor. El agua que teníamos cerca estaba contaminada con amebas y quien sabía cuantas cosas más. Esperaba que no me matara una colitis en un descuido. Necesitaba beber mucho. Por primera vez tomé conciencia del trabajo que suponía conseguir algo tan simple y a su vez tan imprescindible para continuar vivo. Y daba gracias por tenerlo allí en medio de esas condiciones tan adversas como si de verdad fuese uno de los manjares más exquisitos.


A los quince días dejé de tener escrúpulos. A veces nos gastábamos bromas con Pilar y Juan diciendo que aquello era un solomillo o un cocido madrileño. Podíamos llegar a creerlo echando un poco de imaginación. Yo abría la boca y tragaba sin buscar sabores. Prefería no saber que había en el plato. El día que teníamos carne, había llegado rodeada de moscas en un camión junto con las verduras llenas de tierra y algunas gallinas vivas. Intentar buscar la higiene en tales circunstancias era impensable. Por no decir del olor tan espantoso que flotaba por todas partes. Acabé acostumbrándome. Miraba mi piel ennegrecida y pensaba si alguna vez había existido el gel, la colonia y el desodorante. Y caía en la cuenta de que eso era Mozambique.


Pilar me protegía como si fuera una niña. Me veía cansada y suponía que era por el ritmo frenético de trabajo. En cuanto a mi ánimo, a veces preguntaba como iba “mi mal de amores”. Aseguraba que los hechiceros eran capaces de preparar “filtros” que te ataban de por vida a la persona amada. También conseguían desembarazarte de los pelmazos.


Un domingo vino a buscarme para acompañar a las mujeres al río. Me enseñó unas plantas con unas flores blancas parecidas a las campanillas. Las machacaban contra las piedras y salía espuma. Disfruté de aquel momento restregando aquellas hierbas por mi cuerpo como si hubiera encontrado el paraíso. Eso era felicidad. Mis ojos debían tener un brillo especial porque ellas no paraban de reír al ver mi cara de sorpresa. Pilar dijo que eso era como el bautismo. Me habían aceptado.
Todavía no nos entendíamos pero sus miradas hablaban de agradecimiento. Me daban amuletos de madera, abalorios de colores y pendientes para las orejas. Yo no tenía que darles a cambio. Había visto trabajar a los hechiceros y sus conocimientos no eran inferiores a los míos. Me había tragado el orgullo bien pronto. Y mi granito de arena no era nada comparado con lo que recibía.


Me parecía increíble no estar pendiente del reloj, olvidar el horario del metro de Atocha, no pensar en la lista de la compra, en las factura o no poder leer la prensa para saber lo que había pasado en el resto del mundo. Todas esas cosas que nos ataban eran las que a su vez nos hacían desgraciados. Sólo tenía que abrir los ojos y mirar a la gente que me rodeaba. Felices con nada. Y si tenían algo lo compartían.


Me enamoré de los atardeceres y los amaneceres. Nadie debería morirse sin haber contemplado uno como esos. Procuraba guardar unos segundos de intimidad para disfrutarlos y que fluyeran por mis venas. El sol sería el mismo que verían en Madrid pero no tenía ninguna duda de que no era ni la milésima parte de bonito que el que tenía ante mis ojos. ¿Despertaría la misma ternura en todas partes? Quizá yo estaba más sensible porque en Mozambique cualquier sentimiento se multiplicaba y hacía llorar por dentro. Lloraba mucho porque el dolor era constante y también reía porque la sonrisa estaba en cada rostro, en cada mirada. Todo era auténtico, transparente.


Cuando llevaba varias semanas, una noche Juan me dijo que sus pronósticos se habían ido al traste hacía días. En cuanto me vio llegar, había asegurado que en menos de una semana me entraba el ataque de pánico y me embarcaba en el primer avión de regreso a casa. No dejaba de sorprenderse conmigo.


Decía que el cambio que había sufrido su conciencia había sido tan brutal que temía que a su regreso los suyos no le reconocieran. Yo nunca hablaba de mi vuelta a casa. No tuve en cuenta que allí era imposible ocultar nada. Las artes adivinatorias flotaban en el ambiente como si no fuese sólo cosa de gritos y hechiceros sino de todo el mundo. Sabían cuando convenía dejarme sola. Leían en mi corazón y en mi mente como si hubiera hablado suahili, wollof o mandinga desde siempre.


Era tal la cantidad de sentimientos que me embargaban que pensé en anotarlos en un diario. Hacía la letra muy pequeña porque si escribía de golpe todo lo que llevaba dentro temía que se me acabara el papel antes de vaciar todo el cúmulo de sensaciones que sabía mías. Echaba de menos a Fernando y pensaba que si el amor era tan fuerte como allí lo sentía, permanecería para siempre. Dudé cientos de veces en escribirle. Podía haberle contado miles de cosas de las que sucedían a cada instante. Algunas le habrían escandalizado y otras le habrían dado ganas de coger el primer vuelo para comprobarlas por él mismo. Pero me mantenía en mis trece. ¿Para que preocuparlo si tal vez ya me había olvidado? ¿Cuánto tiempo había pasado y cuanto me quedaba? Yo seguía encontrándome como el primer día, mucho más cansada pero sin dolores aparentes. No me fiaba, las lesiones hepáticas sabía que no dolían. Tampoco había espejos para detectar el amarillo de mi piel y el sol la había oscurecido.


Por las noches bajaba mucho la temperatura. A veces escuchaba a las cobras silbar a lo lejos. Aprendí pronto a reconocer su ruido característico y juro que me ponía los pelos de punta. Los guardias que vigilaban el dispensario eran muy estrictos. Nada de luz por las noches. Me dejaban una burbuja de petróleo que servía para espantar a los escorpiones que se escondían en el suelo.


Algunas noches subía los pies a la silla y me dormía cerca de la ventana. Esperaba que no nos asaltara la guerrilla porque pasarnos el cuchillo por la garganta les habría costado tres segundos.
Otras, me entretenía en ver como chocaban las estrellas fugaces contra la corteza terrestre. Me acordaba de la sierra y de que siempre que ocurría una tontería como esa pedíamos un deseo. Me apetecía ver a Fernando. Y con ese pensamiento aguardaba a que se estrenase un nuevo día.
Una mañana atendí a una niña que venía con fiebre alta y dificultad para respirar. Aunque unos antibióticos y oxigeno habrían sido suficientes para salvarla, se ahogó en mis brazos. Ese contacto con la muerte tan de golpe me derrumbó. Fue como si me enfrentara a mi propia muerte. Me sentía tan impotente derramando lágrimas que la madre no se atrevió a quitarme el bebé hasta pasado mucho tiempo. Cuando lo hizo estaba tan serena que me impresionó de una manera especial dejando una huella imborrable en mi memoria. Y admití que la muerte debe dolerles tanto como a nosotros pero enseguida la renuevan con otras cosas, como si ese apego que produce tristeza no fuese con ellos.
No sé que tenia aquel paisaje para que mantuviese en mi tan viva la esperanza de sobrevivir. Estaba engañando al destino porque para entonces mi hígado ya debería haber dejado de funcionar. Habían sido muy claros. Unos meses.


Hasta que un día llegó un convoy como cada semana con carta para Pilar, alguna de las medicinas que más urgían y algo más. Estaba Fernando. No supe si debería enfurecerme o correr hacia sus brazos. Tampoco si era un proceso alucinatorio producto de los más de cincuenta grados de temperatura. Me parecía imposible que me hubiera encontrado hasta que la mirada de complicidad de mis compañeros explicó el resto.


Nunca había podido engañarles y desde el principio sospecharon que lo que buscaba era morir en paz. Pero cada día, para su sorpresa, estaba más viva. Mi fatal diagnóstico había sido un error de laboratorio al realizar las pruebas analíticas.


Esas noticias traía Fernando. No supe si era cierto o tuvo algo que ver el ritual del hechicero alrededor de mi cabeza. Me enseñaba sus dientes blancos a la vez que agitaba los brazos de los que colgaban plumas para espantar a los malos espíritus.


Dejé acomodarse despacio los golpeteos de mi corazón al ritmo monótono del djembe hasta que sentí como si me hubiera arrancado un peso de las entrañas. Después, finalizado el ritual, me colgó un collar de cuentas de marfil y me prometí que jamás me lo quitaría. Estaba casi segura de que acababa de salvarme la vida. El respeto que me inspiraban estas curas se había adueñado de mí hasta tal punto que nadie que no hubiera vivido una experiencia similar sería capaz de entenderlo.
Esa noche, el viento no levantó tormenta de arena sino una voluptuosa corriente de amor que se coló corazón adentro.


De golpe supe lo que había descubierto en el desierto. También que nada volvería a ser como antes. El cordón umbilical que me unía a esa tierra había tirado de mí.