
I concurso de relato breve poquetacosa.com. Mención especial del jurado.
MANOLITO EL GITANO.
Autor: Ramón González Reverter
Manolito el gitano, alias "el lagartija", tuvo la desgracia de nacer en la más absoluta de las miserias en cuna calé. Vivía en una triste chabola de las afueras de la ciudad, compartiendo habitación con sus dos hermanos mayores. Rafael, cuyo aliento hedía a alcohol durante el día y la mayor parte de la noche, y con Lucía, puta de profesión, cuyas ganancias en el ejercicio de tan dudoso oficio, se desvanecían en la compra de unas bolsitas de polvo blanco que se empeñaba en llamar "nieve" y que según ella la hacían volar, significado que escapaba de la joven mente de Manolito por mucho que se esforzara en comprender. Su padre era estibador del puerto y no llegaba a casa, si podía llamarse así a una docena de planchas herrumbrosas cubiertas por varias placas de uralita, hasta bien entrada la noche. Su pobre madre, cuando no vendía cigarrillos de contrabando o echaba la buenaventura en una concurrida estación de metro, se pasaba la vida trajinando entre perolas, sartenes y demás enseres de la casa.
Ser el menor de la familia le confería ciertos privilegios. Sus quehaceres
cotidianos se limitaban a tener que ir en busca de agua a la fuente y dejarse
caer sin falta cada viernes por una empresa de confección, cuyo encargado
solía regalarles las piezas de tela defectuosas, que su madre transformaba
en toda clase de prendas de vestir durante las veladas de invierno.
Los suyos le apodaban "el lagartija" porque acostumbraban a verle
deambulando errante de un lado para otro o descansando al sol, sentado en
un viejo descapotable abandonado, cuyas ruedas habían desaparecido
hacía años revendidas en algún mercado y los antaño
mullidos asientos convertidos en sillones o sofás de lujo de las cochambrosas
viviendas de la periferia, porque la mayoría de chabolas sólo
disponían de mugrientas sillas o simples cajas de madera para sentarse.
Allí pasaba horas enteras soñando y mientras iban desfilando
los días con monótona lentitud, él se entretenía
en construir ilusiones y fantasías, aun a sabiendas que nunca se harían
realidad. Por fortuna, la capacidad de soñar no discrimina entre pobres
y ricos, y mientras permanecía allí, embelesado, con la mirada
perdida en el cielo, era dueño de un fantástico mundo de ensueño,
de un mundo privado y exclusivo, forjado por su propia imaginación
como válvula de escape a la cruda realidad de la raza calé.
Como los demás rapazuelos del barrio calé, recorría las
calles dando patadas a una lata vacía de Coca Cola, imitando a los
astros del deporte rey que de tanto en tanto veía por la tele. A veces,
junto a otros miembros de su pandilla, invadían las huertas vecinas
para robar fruta o algunas hortalizas que dieran sabor al potaje del mediodía.
Disfrutaba azuzando a los chuchos que husmeaban entre la basura con la vana
esperanza de hincarle el diente a algo que valiera la pena. Lo cierto es que
Manolito casi nunca estaba en casa. ¿El motivo? Un día pensando
que obraba correctamente y convencido de hacerles un favor a sus hermanos,
vació las botellas de licor que Rafael guardaba bajo su remendado jergón
y esparció el contenido de varias bolsitas de "nieve" que
encontró ocultas entre la ropa interior de Lucía. Aquello le
valió una soberana paliza de cada uno, aunque le sirviera de escarmiento.
Comprendió que no debía inmiscuirse en asuntos ajenos, sino
que tenía que aprender a vivir su propia vida sin preocuparse de los
demás.
El tiempo transcurría con lenta monotonía. Sin embargo, a principios
de septiembre, el ayuntamiento siguiendo el plan de escolarización
obligatoria del gobierno, abrió una escuela en el barrio, aunque en
realidad se tratara de una vieja granja avícola reconvertida en cuatro
aulas mediante frágiles tabiques y una capa de pintura. La noticia
corrió como un reguero de pólvora. Todos los "primos",
gitanos de su misma edad, estaban obligados a asistir. El patriarca calé
así lo había ordenado y sus padres le aconsejaron que para labrarse
un porvenir debía aprovechar la oportunidad que el destino le brindaba.
Manolito no entendió el sermón, pero como acabaron advirtiéndole
que le molerían a palos en caso de faltar a las clases, acudió
con puntual obediencia a la cita escolar. Así empezó su contacto
con la cultura.
El primer día, la profesora, una cuarentona de raza paya llamada Montserrat,
distribuyó cuadernillos y varios libros entre los alumnos. A continuación
ayudó a cada uno a escribir su nombre en la pizarra. Desde aquel preciso
y maravilloso instante, se despertó la curiosidad de Manolito y en
su interior nació un indescriptible entusiasmo por descifrar los extraños
signos que la maestra dibujaba con los trozos de tiza y que conseguían
fascinarle. Pronto demostró su enorme predisposición para el
trabajo y una sorprendente facilidad para asimilar conocimientos. La maestra,
asombrada por la capacidad intelectual del chico, insistía y complicaba
sus lecciones, dándole faena extra para explotar sus posibilidades.
Manolito se tomaba los ejercicios como un juego y a pesar de la creciente
dificultad solía realizar los deberes con inaudita perfección
y pulcritud. Aprendió a contar, a escribir los días y los meses,
a distinguir colores, a clasificar objetos, a leer un mapa, a componer palabras
sencillas primero y más complicadas después. Tardó casi
una semana en saber la hora, pero sus esfuerzos valieron la pena puesto que
en adelante llevaría con orgullo el reloj de dudosa procedencia que
le regalara su hermano.
Y poco a poco dejó de ser un analfabeto y comprendió la gran
importancia de la cultura en la sociedad actual. Le apasionaba descubrir cosas
en los libros: aventuras, viajes, sentimientos... Le entusiasmaba analizar
el contenido de un texto para captar el mensaje que el autor deseaba expresar...
Con el correr de los meses, el invierno dejó paso a la primavera. Y
entonces, Manolito se percató de la abnegación de la maestra,
de la infinita paciencia demostrada a lo largo de todo el curso. Había
soportado estoicamente las bromas de los desgreñados alumnos, los insultos
de los jóvenes que consideraban la escuela como una lamentable pérdida
de tiempo y las broncas de los remilgados padres, incapaces de comprender
los principios de la educación. Se dio cuenta de que todo lo aprendido
aquel año se lo debía al empeño que la profesora ponía
en la enseñanza y en lo más hondo de su corazón sintió
brotar la gratitud. Quizás en ese momento naciese la idea de probar
que también los gitanos saben ser agradecidos. El 27 de abril, día
de la Virgen de Montserrat y onomástica de la maestra, sería
la fecha adecuada. Pero, ¿cómo agradecer sus sacrificios, sus
desvelos, su ahínco en ocuparse de semejante pandilla de zarrapastrosos
ladronzuelos, su esmero en inculcar la preciada cultura en unos andrajosos
pillastres que nunca habían soñado con semejante oportunidad?
No tenía nada que regalar. De haber poseído algo de valor, no
hubiese dudado en ofrecerlo a aquella mujer que ni siquiera era joven o guapa,
pero sí de una voluntad firme y de una constancia admirable.
A medida que transcurría el tiempo y se aproximaba el día señalado,
sus hermosas facciones se ensombrecieron. La angustia y la desesperación
comenzaron a hacer mella en su ánimo. Nunca se había sentido
tan deprimido. Abatido y cabizbajo, caminaba sin rumbo fijo, sintiendo por
primera vez en su vida vergüenza de su pobreza, la impotencia que le
impedía demostrar la gratitud de su corazón. Notaba cómo
la pena consumía su alma, mientras maldecía el desdén
con el que el caprichoso destino había tratado a la raza calé.
Era querer pero no poder, porque la sociedad mide a los ciudadanos por la
cuenta bancaria que poseen y no por sus virtudes o por la nobleza de sus sentimientos.
Jamás había sufrido una soledad tan intensa. Su sempiterna sonrisa
se curvó en un rictus de amargura y su brillante mirada se empañaba
a menudo con lágrimas que resbalaban por su moreno rostro. Vagaba sin
cesar para olvidar el infortunio de la cruel realidad, la congoja que le afligía,
tratando de buscar en vano la forma de manifestar su reconocimiento por una
labor que tanto apreciaba.
Finalmente, una noche amodorrado en su cuchitril, halló la solución.
Recordó que a veces Lucía volvía a casa llevando un ramito
de flores que le había regalado algún fulano con impulsos románticos
o con la infame intención de camelarla para llevársela a la
cama gratis. Supuso que a la profesora le gustarían las flores. A la
mayoría de mujeres les encantan. Una indescriptible emoción
recorrió sus venas. Sabía dónde se encontraban varios
invernaderos dedicados a la horticultura. ¡Conseguiría un hermoso
ramo que haría las delicias de la maestra!
La tarde del 26 de abril la dedicó a dicho empeño. Tras un par
de horas de caminata llegó hasta el emplazamiento de aquellos habitáculos
de plástico donde, a pesar de las inclemencias del tiempo, crecía
una amplia gama de flores que impregnaban el aire con su delicado perfume.
Gladiolos, azucenas, dalias, claveles, margaritas, violetas, lirios,... Las
variedades más selectas, producto de la atención y el cuidado
de un anónimo campesino, se alineaban en los geométricos surcos
de aquel paraíso vegetal. Eligió las rosas por sus vivos colores
y aterciopelado tacto. Con una navaja fue cortando con mimo los tallos de
los capullos más hermosos. Se pinchó un par de veces con las
afiladas púas sin dejar escapar el menor quejido de dolor. Había
reunido cerca de la docena de rosas cuando oyó los furiosos gritos,
seguramente del dueño del invernadero. Sorprendido in fraganti, reaccionó
con el temple de alguien acostumbrado a tales avatares. Tuvo una breve vacilación
y emprendió la huida. Salió pitando pero aferrando el ramo en
su mano derecha. Intuía la proximidad de su obstinado perseguidor por
lo que tuvo que concentrar todas sus energías en la fuga. Saltó
una valla y atravesó varios huertos. El tipo que le seguía debía
ser joven y fuerte puesto que mantenía la veloz carrera sin muestras
de cansancio. En mucho debía estimar sus preciosas flores para poner
tanto empeño en la captura del autor de un hurto de tan poca monta.
Pero él necesitaba las flores porque no tenía otra cosa que
regalar a la maestra en el día de su santo y quería demostrar
que el corazón gitano también sabe ser agradecido. De pronto
llegó a una carretera. Empezó a cruzarla sin mirar. Y así
pasó a mejor vida Manolito, alias "el lagartija", quien murió
sin apenas darse cuenta, arrollado por un camión, por el noble afán
de probar su afecto a la profesora en agradecimiento por una dedicación
tan loable y primorosa. Y, mientras su vida se apagaba, en el postrer instante
de agonía, su último pensamiento fue: "felicidades, señorita
Montse".
TORMENTA INTERIOR.
Autor: Lourdes Aso Torralba.
Podrás
sentirte defraudado si fallas
Pero te condenas si no lo intentas.
Ralph Waldo Emerson
Aquella discusión podía haber sido similar a cualquier otra
pero sin duda el ruido de los truenos me hizo perder la paciencia. Me sentía
desamparada y con Fernando más. Llevaba varios días presionándome
para que le dijera si por fin dábamos la entrada del piso, si nos iríamos
de vacaciones juntos, si... ¿Cómo demonios podía decirle
que mis perspectivas de futuro apenas alcanzaban unos meses? ¿Y que
lo que más necesitaba era coger el primer vuelo y perderme en Mozambique?
Llevaba esa “espinita” clavada desde que las monjas nos habían
hablado de las misiones. Y por el contrario de lo previsible, desde hacía
un tiempo no sólo permanecía en mi memoria sino que tiraba de
mí cada vez con más fuerza, hasta el punto de interferir en
las decisiones cotidianas. Tenía que probarlo antes de que fuera demasiado
tarde. Ante mis ojos se presentó la disyuntiva y la agarré con
ambas manos para no dejarla escapar.
Tenía prisa. Ahora o nunca era lo único que rondaba por mi cabeza.
Sabía que no entendería una decisión tan alocada. Además,
lo de “cuidar negritos” él lo veía como quien quiere
lavar la conciencia de sus pecados. Y quizá tuviese algo de razón.
Mi lugar de destino era un poblado en el desierto. Desde la capital me sentí
incapaz de calcular a cuantos kilómetros me encontraba del mundo civilizado.
Aquello suponía también el escondite perfecto para quien como
yo deseaba rumiar la agonía en silencio.
El traqueteo del camión consiguió dejarme el trasero dolorido
y el ánimo revuelto. Perdí la cuenta de los controles que pasamos.
El guía que me acompañaba fue sobornando a los guardias con
botellas de ginebra, después de vino y cuando se agotó la bebida
me requisó las cuatro pertenencias que les hacían despertar
los ojos de codicia y servir como llave para continuar con nuestro trayecto.
No presté demasiada atención porque estaba segura de que jamás
desandaría ese camino.
Cuando llegamos al dispensario me recibió una pareja de aragoneses.
Pilar era maestra y se encargaba de enseñar a los niños y dirigir
un taller de costura para las mujeres. Juan colaboraba en la supervisión
de las obras de una presa que estaban construyendo más arriba para
canalizar el agua hasta el poblado. Al ver mi mirada descompuesta trataron
de tranquilizarme. Ellos ya habían pasado por lo mismo. Sabían
que la soledad asaltaba justo cuando uno llegaba al final del destino. Aquella
sensación me hizo descargar algunas lágrimas de rebeldía.
También de impotencia. No era justo que tuviese que morir tan pronto.
Ellos debieron pensar que había escapado para poner en orden mi vida
por dentro después de algún conflicto amoroso. Aseguraban que
allí se curaba el alma de cualquier cosa, pero sobre todo del mal de
amores. Quise creerles con todas mis fuerzas porque de verdad lo necesitaba.
Sonreían derramando tanta felicidad que sólo deseaba que a mí
me pasara lo mismo. Saberlos allí, dispuestos a compartirlo todo conmigo
me sosegó mucho.
Cuando me encerré en lo que sería mi habitación me pregunté
por primera vez que se me había perdido a mí en el desierto.
No obstante, estaba allí para averiguarlo.
El mobiliario consistía en una mesa de mimbre, una silla y una cama.
Como único elemento decorativo había una cruz de flores que
me habían hecho los niños. Supuse que no necesitaría
más.
Apenas me quedaba tiempo para pensar. Mi jornada de trabajo empezaba a las
seis de la mañana y es que allí se hacía de día
muy temprano. Cuando me levantaba ya encontraba en la puerta a muchas madres
que aún habían madrugado más que yo. Venían preocupadas
porque los niños traían unas décimas de fiebre, diarrea
o simplemente estaban tan desnutridos que se acercaban en busca de una ración
de leche.
Mientras me ocupaba de sus cosas me olvidaba de mi propia enfermedad. Pensaba
que en la escuela de enfermería no me habían preparado para
aquel horror. Me sentía como la más auténtica de las
novatas y a cada segundo estaba más convencida de que no iba a poder
con todo aquello. Además, acostumbrada a disponer de material de sobra,
casi salí corriendo al ver la escasez de aquel sitio. Sin embargo,
desde dentro algo me decía que había que sobreponerse a la adversidad.
El “no sé como arreglar esto” lo hice desaparecer de mi
cabeza. Había que hacerlo y punto. Allí uno se las ingeniaba
para hacer milagros y multiplicar como nadie las cuatro cosas que existían.
Acababa de poner una vacuna o de curar una herida y al segundo siguiente había
otro niño agarrado a la ropa diciendo algo en un dialecto incomprensible
para mí. Supuse que podía ser suahili, wollof o mandinga aunque
a mí me sonaba todo a música similar. Acabé hablando
sola, me quejaba a mis anchas, pedía porque los niños pudieran
tener una oportunidad. La mortalidad era tan alta que lo dudaba.
También me acordaba de Fernando, de nuestra última pelea. Y
escuchando a aquellas mujeres sin entenderlas pensaba que eso había
pasado entre nosotros. Claro, que la culpa había sido mía. No
había reunido valor suficiente para despedirme de él. Le había
prometido escribirle pero me excusaba diciendo que necesitaba descansar. Y
ordenar mis ideas. También aceptar la realidad.
El calor resultaba insoportable. Pronto descubrí que ninguna de las
ropas que me había llevado servían de mucho. Excepto un pantalón
y un jersey, el resto las di a las mujeres para que las utilizaran con Pilar
en el taller. Y en cuanto me vestí con una de aquellas túnicas
de tejido suave y un pañuelo sobre la cabeza me sentí como renovada
por dentro. Supuse que viéndome así nadie habría dicho
que era madrileña.
Recordaba los paseos por la Fuente del Retiro. Soñar con un paisaje
conocido me producía dolor. El agua que teníamos cerca estaba
contaminada con amebas y quien sabía cuantas cosas más. Esperaba
que no me matara una colitis en un descuido. Necesitaba beber mucho. Por primera
vez tomé conciencia del trabajo que suponía conseguir algo tan
simple y a su vez tan imprescindible para continuar vivo. Y daba gracias por
tenerlo allí en medio de esas condiciones tan adversas como si de verdad
fuese uno de los manjares más exquisitos.
A los quince días dejé de tener escrúpulos. A veces nos
gastábamos bromas con Pilar y Juan diciendo que aquello era un solomillo
o un cocido madrileño. Podíamos llegar a creerlo echando un
poco de imaginación. Yo abría la boca y tragaba sin buscar sabores.
Prefería no saber que había en el plato. El día que teníamos
carne, había llegado rodeada de moscas en un camión junto con
las verduras llenas de tierra y algunas gallinas vivas. Intentar buscar la
higiene en tales circunstancias era impensable. Por no decir del olor tan
espantoso que flotaba por todas partes. Acabé acostumbrándome.
Miraba mi piel ennegrecida y pensaba si alguna vez había existido el
gel, la colonia y el desodorante. Y caía en la cuenta de que eso era
Mozambique.
Pilar me protegía como si fuera una niña. Me veía cansada
y suponía que era por el ritmo frenético de trabajo. En cuanto
a mi ánimo, a veces preguntaba como iba “mi mal de amores”.
Aseguraba que los hechiceros eran capaces de preparar “filtros”
que te ataban de por vida a la persona amada. También conseguían
desembarazarte de los pelmazos.
Un domingo vino a buscarme para acompañar a las mujeres al río.
Me enseñó unas plantas con unas flores blancas parecidas a las
campanillas. Las machacaban contra las piedras y salía espuma. Disfruté
de aquel momento restregando aquellas hierbas por mi cuerpo como si hubiera
encontrado el paraíso. Eso era felicidad. Mis ojos debían tener
un brillo especial porque ellas no paraban de reír al ver mi cara de
sorpresa. Pilar dijo que eso era como el bautismo. Me habían aceptado.
Todavía no nos entendíamos pero sus miradas hablaban de agradecimiento.
Me daban amuletos de madera, abalorios de colores y pendientes para las orejas.
Yo no tenía que darles a cambio. Había visto trabajar a los
hechiceros y sus conocimientos no eran inferiores a los míos. Me había
tragado el orgullo bien pronto. Y mi granito de arena no era nada comparado
con lo que recibía.
Me parecía increíble no estar pendiente del reloj, olvidar el
horario del metro de Atocha, no pensar en la lista de la compra, en las factura
o no poder leer la prensa para saber lo que había pasado en el resto
del mundo. Todas esas cosas que nos ataban eran las que a su vez nos hacían
desgraciados. Sólo tenía que abrir los ojos y mirar a la gente
que me rodeaba. Felices con nada. Y si tenían algo lo compartían.
Me enamoré de los atardeceres y los amaneceres. Nadie debería
morirse sin haber contemplado uno como esos. Procuraba guardar unos segundos
de intimidad para disfrutarlos y que fluyeran por mis venas. El sol sería
el mismo que verían en Madrid pero no tenía ninguna duda de
que no era ni la milésima parte de bonito que el que tenía ante
mis ojos. ¿Despertaría la misma ternura en todas partes? Quizá
yo estaba más sensible porque en Mozambique cualquier sentimiento se
multiplicaba y hacía llorar por dentro. Lloraba mucho porque el dolor
era constante y también reía porque la sonrisa estaba en cada
rostro, en cada mirada. Todo era auténtico, transparente.
Cuando llevaba varias semanas, una noche Juan me dijo que sus pronósticos
se habían ido al traste hacía días. En cuanto me vio
llegar, había asegurado que en menos de una semana me entraba el ataque
de pánico y me embarcaba en el primer avión de regreso a casa.
No dejaba de sorprenderse conmigo.
Decía que el cambio que había sufrido su conciencia había
sido tan brutal que temía que a su regreso los suyos no le reconocieran.
Yo nunca hablaba de mi vuelta a casa. No tuve en cuenta que allí era
imposible ocultar nada. Las artes adivinatorias flotaban en el ambiente como
si no fuese sólo cosa de gritos y hechiceros sino de todo el mundo.
Sabían cuando convenía dejarme sola. Leían en mi corazón
y en mi mente como si hubiera hablado suahili, wollof o mandinga desde siempre.
Era tal la cantidad de sentimientos que me embargaban que pensé en
anotarlos en un diario. Hacía la letra muy pequeña porque si
escribía de golpe todo lo que llevaba dentro temía que se me
acabara el papel antes de vaciar todo el cúmulo de sensaciones que
sabía mías. Echaba de menos a Fernando y pensaba que si el amor
era tan fuerte como allí lo sentía, permanecería para
siempre. Dudé cientos de veces en escribirle. Podía haberle
contado miles de cosas de las que sucedían a cada instante. Algunas
le habrían escandalizado y otras le habrían dado ganas de coger
el primer vuelo para comprobarlas por él mismo. Pero me mantenía
en mis trece. ¿Para que preocuparlo si tal vez ya me había olvidado?
¿Cuánto tiempo había pasado y cuanto me quedaba? Yo seguía
encontrándome como el primer día, mucho más cansada pero
sin dolores aparentes. No me fiaba, las lesiones hepáticas sabía
que no dolían. Tampoco había espejos para detectar el amarillo
de mi piel y el sol la había oscurecido.
Por las noches bajaba mucho la temperatura. A veces escuchaba a las cobras
silbar a lo lejos. Aprendí pronto a reconocer su ruido característico
y juro que me ponía los pelos de punta. Los guardias que vigilaban
el dispensario eran muy estrictos. Nada de luz por las noches. Me dejaban
una burbuja de petróleo que servía para espantar a los escorpiones
que se escondían en el suelo.
Algunas noches subía los pies a la silla y me dormía cerca de
la ventana. Esperaba que no nos asaltara la guerrilla porque pasarnos el cuchillo
por la garganta les habría costado tres segundos.
Otras, me entretenía en ver como chocaban las estrellas fugaces contra
la corteza terrestre. Me acordaba de la sierra y de que siempre que ocurría
una tontería como esa pedíamos un deseo. Me apetecía
ver a Fernando. Y con ese pensamiento aguardaba a que se estrenase un nuevo
día.
Una mañana atendí a una niña que venía con fiebre
alta y dificultad para respirar. Aunque unos antibióticos y oxigeno
habrían sido suficientes para salvarla, se ahogó en mis brazos.
Ese contacto con la muerte tan de golpe me derrumbó. Fue como si me
enfrentara a mi propia muerte. Me sentía tan impotente derramando lágrimas
que la madre no se atrevió a quitarme el bebé hasta pasado mucho
tiempo. Cuando lo hizo estaba tan serena que me impresionó de una manera
especial dejando una huella imborrable en mi memoria. Y admití que
la muerte debe dolerles tanto como a nosotros pero enseguida la renuevan con
otras cosas, como si ese apego que produce tristeza no fuese con ellos.
No sé que tenia aquel paisaje para que mantuviese en mi tan viva la
esperanza de sobrevivir. Estaba engañando al destino porque para entonces
mi hígado ya debería haber dejado de funcionar. Habían
sido muy claros. Unos meses.
Hasta que un día llegó un convoy como cada semana con carta
para Pilar, alguna de las medicinas que más urgían y algo más.
Estaba Fernando. No supe si debería enfurecerme o correr hacia sus
brazos. Tampoco si era un proceso alucinatorio producto de los más
de cincuenta grados de temperatura. Me parecía imposible que me hubiera
encontrado hasta que la mirada de complicidad de mis compañeros explicó
el resto.
Nunca había podido engañarles y desde el principio sospecharon
que lo que buscaba era morir en paz. Pero cada día, para su sorpresa,
estaba más viva. Mi fatal diagnóstico había sido un error
de laboratorio al realizar las pruebas analíticas.
Esas noticias traía Fernando. No supe si era cierto o tuvo algo que
ver el ritual del hechicero alrededor de mi cabeza. Me enseñaba sus
dientes blancos a la vez que agitaba los brazos de los que colgaban plumas
para espantar a los malos espíritus.
Dejé acomodarse despacio los golpeteos de mi corazón al ritmo
monótono del djembe hasta que sentí como si me hubiera arrancado
un peso de las entrañas. Después, finalizado el ritual, me colgó
un collar de cuentas de marfil y me prometí que jamás me lo
quitaría. Estaba casi segura de que acababa de salvarme la vida. El
respeto que me inspiraban estas curas se había adueñado de mí
hasta tal punto que nadie que no hubiera vivido una experiencia similar sería
capaz de entenderlo.
Esa noche, el viento no levantó tormenta de arena sino una voluptuosa
corriente de amor que se coló corazón adentro.
De golpe supe lo que había descubierto en el desierto.
También que nada volvería a ser como antes. El cordón
umbilical que me unía a esa tierra había tirado de mí.