
Ganador del I concurso de relato breve poquetacosa.com
EL GRAN VIAJE.
Autor: Joaquín Moraga Gallego
Estaba a punto
de salir del Jardín Botánico. Después de varias horas
de cuidadosa observación, me encontraba consultando los últimos
fondos documentales del archivo cuando, casi por casualidad, me llamó
la atención una pequeñísima urna sobre un soporte de
piedra en una de las esquinas de la sala.
Me acerqué intrigado, preguntándome qué podía
encontrar en un espacio tan reducido como aquel, y entonces vi su contenido:
una hoja seca. En una esquina de la urna, una etiqueta leía: "Hoja
de roble, encontrada a más de 50 kilómetros del robledal más
cercano, posiblemente de la sierra del Bajo Aragón Turolense".
Un pequeño cordón colgaba del soporte de la urna. En su extremo,
encontré un folleto que parecía contar la historia de la procedencia
de aquella hoja. Sin salir de mi extrañeza, la leí de principio
a fin.
Esta es la historia de Lima, una pequeña hoja de un viejo roble.
Lima era de las más jóvenes de la nueva generación primaveral
de hojas del roble. Y también una de las más alegres. Su risa
y su canción eran harto conocidas en los alrededores. Claro que era
vulnerable también a aquello que asustaba a todas las demás:
el Gran Viaje. Hablar de ello siempre infundía respeto, incluso para
alguien como Lima. Pero eso era algo que se veía muy lejano en el tiempo,
y no le asustaba.
-Hay que reír la vida que tenemos, cantarla, bailarla -solía
decir a sus compañeras.
Esa era su vida, una en la que no cabían preocupaciones por nada que
no estuviera estrictamente relacionado con la diversión.
Un día, a principios de verano, cuando el viento estaba calmo y la
floresta especialmente silenciosa, pudo escuchar los comentarios de las hojas
de una encina que había no muy lejos de ellas.
-A mí me parece que cada nueva generación de hojas del roble
es más rebelde que la anterior -estaba diciendo una de ellas.
-Desde luego, en otros tiempos hemos tenido compañeras mejores -le
respondió otra voz.
Escuchar aquella conversación creó un pequeño nudo de
nerviosismo en su garganta. "¿Esta generación?" "¿En
otros tiempos?" ¿Es que acaso esas hojas estaban ahí desde
siempre?
No tardaría mucho en averiguarlo porque, al día siguiente, sin
perder tiempo, preguntó a Menta, la hoja más grande y tempranera
del roble, acerca de lo que había oído.
-Dime, ¿acaso las hojas de la encina no nacen cuando nosotras, para
que hablen de esa forma?
-No, de hecho -le respondió-. Se dice que ellas están ahí
desde siempre y viven por siempre.
-¿Y por qué tiene que existir tal injusticia? -preguntó
Lima indignada- ¿Acaso merecen por alguna razón más que
nosotras?
-No tiene que ser una injusticia, Lima, no lo veas así -fue la conciliadora
respuesta-. Piensa en que, por ejemplo, ellas jamás podrán emprender
el Gran Viaje.
-¿Ah no?
-Por supuesto que no. A ellas no les está concedido ese privilegio.
Esta conversación tuvo la virtud de calmar los ánimos de una
exaltada Lima. Por un tiempo se olvidó de las hojas de la encina y
se concentró en su máxima de disfrutar de la vida. Así
fue, al menos, durante muchos felices días.
Sin embargo, se llevó un tremendo susto la primera vez que recibió
el excremento de un pájaro sobre su piel. Agravado por las risas de
sus compañeras, por supuesto.
-¿Acaso tenemos que tolerar esto? -gritó enfadada.
-Para eso estamos, Lima, y para eso estás tú también.
-¿Que para eso estoy? ¿Y cómo se supone que debo limpiarme?
-Tendrás que esperar a la próxima lluvia.
Esperó.
Y por fin, después de muchos días, llovió.
Lima se limpió, pero no le gustó en absoluto la sensación
de estar empapada.
Los días continuaron pasando y el verano ya casi terminaba mientras
Lima se adaptaba a su vida.
Una mañana le despertó el ruido de la madera crujiendo. Pronto,
gracias a las indicaciones de sus compañeras, pudo comprobar la fuente
de aquel ruido: estaban talando el roble más próximo al suyo.
Posiblemente aquel fue el único momento de su vida en el que se quedó
sin palabras. Aquella horrible imagen no se borraría jamás de
su mente.
-¿Quién hace eso, Menta? -preguntó con un hilo de voz.
-Los humanos, pequeña, los humanos.
-¿Y también tienen derecho a hacerlo?
-Ni mucho menos. No tienen en absoluto derecho a hacer eso.
-Y cuando se corta a un roble... ¿sus hojas mueren? -preguntó
Lima, temiendo la respuesta.
-Sí, pequeña, aunque tardan un tiempo, pero mueren pronto.
-¿No emprenden el Gran Viaje?
-Desgraciadamente no, Lima.
Lima se quedó pensativa durante unos minutos. Por fin, se atrevió
a preguntar:
-¿Talarán nuestro árbol?
-Sinceramente, no lo sé.
No lo talaron, y aunque todas ellas vivieron aquellos días en tensión
ante el miedo a morir sin emprender el Gran Viaje, el otoño comenzó
y siguieron vivas.
-¡Socorro!¡Ayuda! -se despertó gritando un día Lima-
¡He perdido mi color!¡Estoy manchada! Algo me ha sucedido.
-Te ha sucedido lo que nos había sucedido ya a todas nosotras -le respondieron-.
Si te hubieras fijado antes, te habrías dado cuenta de que ya todas
teníamos ese color menos tú. Eras la única que faltaba.
-¿Y qué significa este color? -preguntó ella algo más
tranquila.
-Significa que ya está cerca el Gran Viaje, pequeña -intervino
Menta.
Un silencio reverencial se hizo entre todas las hojas del viejo roble.
-¿Ya? -preguntó Lima luego de un rato, y la pena se notaba repentinamente
en su voz-. Pero si mi vida ha sido muy corta.
-Cierto, Lima. Pero así ha de ser. El Gran Viaje lo compensará
todo con creces, no lo dudes.
-¿Y es el Gran Viaje igual para todas, Menta? -preguntó ella.
-Pues no, no lo es -fue la respuesta-. Se dice que aquellas que han merecido
más durante su vida emprenderán el Gran Viaje en un día
de fuerte viento, mientras que otras lo harán con calma, o incluso
con lluvia, y en ese caso, su viaje será más corto.
El corazón de Lima latía estos días con más fuerza
que nunca, expectante ante aquello que esperaban todas.
Una mañana amaneció con mucho viento. El día era fresco,
y el viento mecía continuamente el árbol, bamboleando a todas
las hojas.
Fue entonces cuando la mayoría se dieron cuenta de que Menta se desprendía
del árbol e iniciaba su Gran Viaje impulsada por el viento muy lejos.
-¡Adiós, pequeñas, adiós! -gritaba la que había
sido para todas ellas como una madre.
Todas la contemplaron embobadas, hasta que desapareció de su vista.
Aquel día ninguna de ellas dijo una sola palabra. Aunque sabían
que Menta había recibido su justa recompensa, la congoja de su pérdida
las atenazaba y, de repente solas, temían más que nunca el desenlace
final de su existencia.
A la mañana siguiente también soplaba el viento, pero éste
ahora era algo más débil. Ese día partieron la mayoría
de las hojas del roble. El anciano árbol se fue despoblando de forma
que ya apenas le quedaban un centenar de hojas.
Al día siguiente la brisa era muy débil.
Todas las hojas que quedaban emprendieron el Gran Viaje. La mayoría
cayeron al suelo directamente, y sólo algunas pudieron disfrutar de
un viaje algo más largo.
Todas menos Lima.
Aún continuaba en el árbol. Era la última.
La tensión se apoderó de ella. ¿Acaso le estaba reservado
el viaje más corto? ¿Sólo por protestar ante las injusticias
iba a ser privada de su mayor recompensa?
Amaneció el día siguiente.
No se movía una brizna de aire.
Llovía.
Lima se echó a llorar. Era evidente que se le iba a privar del Gran
Viaje. Deseó con todas sus fuerzas haber partido con Menta. Pero allí
estaba, lista para caer directamente al suelo, empapada.
Y, sin embargo, no cayó.
Y al día siguiente también llovía, y continuó
cuatro días seguidos lloviendo, pero Lima, ante su propio asombro,
no cayó.
Al quinto día, el cielo amaneció despejado. Ya no había
lluvia. Pero tampoco soplaba el viento.
Lima sentía que la hora estaba más cerca que nunca.
Al mediodía comenzó a soplar una brisa del oeste. Gradualmente
fue aumentando su fuerza y en poco tiempo se convirtió en un fuerte
viento. Al atardecer soplaba casi un huracán.
Fue esa tarde cuando Lima notó como se rompía su unión
con el viejo roble. Enormemente excitada, miró a las hojas de la encina
que tenía enfrente, y les dedicó su sonrisa más amplia.
Sintiendo que la emoción la embargaba, con lágrimas de agradecimiento
en la cara, percibió la enorme fuerza del viento contra su cuerpo,
y se preparó para el Gran Viaje.